Tenemos una idea mágica de
la ciencia'
Experto de la UDA analiza
por qué en el país se tiene una percepción ajena de lo científico.
Está demostrado que una
persona puede vivir sin hacer investigación ni ciencia, solo necesita
desarrollar habilidades para manejar dispositivos tecnológicos que el mercado
le ofrece como innovación, modificar sus rutinas y dejarse llevar por el
entretenimiento para pasar sus días sin mucho tedio.
No pasa igual con las
naciones ni con la especie humana. Para vivir como lo hacemos hoy fue
indispensable ir más allá de las herencias, creencias, mitos, ritos y
ceremonias: poner en movimiento la razón, la duda, la búsqueda de nuevas pistas
y la demostración que nos dieron la posibilidad de encontrar alternativas al
mundo de los órdenes jerárquicos incuestionables.
De la curiosidad innata
pasamos a la investigación y de allí, a esos modos particulares de conocer –las
ciencias– que desde hace tres siglos intensifican su presencia en nuestras
vidas y han hecho imposible prescindir de sus consecuencias. ¿Quién come, se
viste, habita, estudia, trabaja, ama, se entretiene o trata su salud sin
recurrir a sus propuestas? Más allá: queda muy poca gente en la tierra que
piense su futuro –inmediato o remoto– sin tener en la cuenta sus beneficios.
Sin embargo, el acceso a
los conocimientos provenientes de la ciencia es muy desigual. Investigar, hacer
ciencia y tecnología hasta el presente son prácticas de minorías que tienen
mayor tamaño en los países desarrollados porque los cambios culturales y políticos
les han permitido entender la importancia de conocer la naturaleza y la
sociedad revolucionando sus pensamientos. En el “tercer mundo”, en cambio,
apenas si superamos la curiosidad con investigaciones aplicadas que nos llenan
de maravilla ante efectos que poco entendemos.
Esta circunstancia que se
comprueba con el simple hecho de ver cuáles países exportan conocimientos y
tecnologías para fortalecer sus economías, y cuáles los importan tratando de
ponerse al día (“modernizarse”), pagando para que así ocurra, se ha convertido
en un modo de vida tensionante e injusto que la geopolítica explica: países
hegemónicos, los que mandan, y países dependientes, que obedecen.
Con frecuencia, muchos
pueblos se resignan ante esta situación desigual heredada, como si estos siglos
de pruebas y métodos para cambiar la vida no fueran suficientes. Si hoy es
nítida la verdad que desde el siglo XVIII se pregona acerca de cómo la riqueza
material y espiritual de las naciones depende directamente de su capacidad para
crear conocimiento, desarrollar las ciencias y las tecnologías, también se hace
evidente que mantener la resignación en nuestros países con escasa experiencia
científica nos condena a las dificultades de una vida ignorante, dependiente y
por tanto carente de iniciativa.
En Colombia, empezando la
última década del siglo XX, hubo decisiones y llamados que invitaron a un
cambio de actitud. Buscando que la investigación, la ciencia y el conocimiento
dejaran de ser ocupaciones voluntarias de individuos, grupos e instituciones
académicas o empresariales, y ganaran el interés del Estado y la ciudadanía, el
16 de septiembre de 1993 fue instalada por la Presidencia de la república una
Misión de Ciencia, Educación y Desarrollo que entre sus argumentos consideró:
Una apropiación social de
la ciencia y la tecnología como la que requiere el país que todos deseamos
construir implica (…) no solo adentrarnos en el vasto y complejo ámbito del
conocimiento actual sino, ante todo, una transformación de nuestra relación con
el conocimiento, la naturaleza de sus problemas y sus procesos de producción
(Eduardo Posada Flórez).
Han transcurrido veinte
años desde la Misión, se han diseñado nuevas políticas y, aunque hay
variaciones favorables en las condiciones, como los museos interactivos en
algunas ciudades, los parques biblioteca, las nuevas pautas en los planes de
estudio y la inauguración de metodologías de enseñanza y aprendizaje en algunos
planteles educativos; y han mejorado las cifras en cuanto a proyectos de
investigación, grupos y número de publicaciones, la creación de conocimiento no
está en el centro de atención social, política y económica. Se insiste con toda
fuerza en la creación de productos, en los desarrollos tecnológicos; se mira
con desdén a la ciencia básica.
El entorno cultural
Entre los colombianos
predomina una concepción mágica, genial y milagrosa acerca del conocimiento y
de las ciencias. Prima la creencia sobre las demostraciones; el debate
ideológico sobre la investigación y la prueba; la confianza esperanzada en vez
de proyectos con acción metódica en busca de resultados.
El colombiano promedio
admira los avances del conocimiento en las ciencias naturales, las exactas, las
sociales o las ingenierías, llevado por la novedad deslumbrante; por el encanto
de las tecnologías que transforman el diario vivir y lo llevan a nuevas
dimensiones; por su impacto en los modos de trabajo, el cambio de percepción
acerca del tiempo y la revolución de las distancias.
Y aunque ningún ser humano
puede prescindir de las creencias, las ideologías o la esperanza, cultivarlas
sin ningún tipo de cuestionamientos y demostraciones nos mantiene en el campo
de la emoción y el sentimiento, impidiéndonos hacer uso sensato de la
valoración razonada, de la búsqueda de soluciones que la investigación
proporciona para resolver problemas con pruebas relativas a la naturaleza, la
sociedad o a la vida personal.
Pero si el conocimiento no
tiene nada de magia, de genio inspirador ni de milagro, su savia nutricia no es
la creencia porque resulta del trabajo indagador de muchas personas,
instituciones y entidades que la sociedad misma crea, pone en acción y modifica
si la evaluación así lo reclama, ¿por qué perviven tales concepciones?
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http://www.eltiempo.com/archivo/documento/CMS-13112183
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